La Declaración Balfour, emitida el 2 de noviembre de 1917, misiva del gobierno británico que expresaba su apoyo a un “hogar nacional para el pueblo judío” en Palestina. Su importancia radica en su papel en el contexto más amplio del nacionalismo judío y el movimiento sionista, que buscaba establecer una patria judía tras siglos de diáspora y persecución. La declaración surgió durante la Primera Guerra Mundial, cuando Gran Bretaña buscaba asegurar el apoyo judío al esfuerzo bélico aliado, a la vez que lidiaba con las complejas relaciones con las poblaciones árabes y sus aspiraciones de independencia.
Si bien la Tierra de Israel tiene una poderosa importancia religiosa, histórica, social y cultural para los judíos, tanto religiosos como no religiosos, la población mayoritaria en 1906 era musulmana. Eso es un hecho. Sin embargo, ese hecho no disminuye la conexión bíblica de 5000 años entre la Tierra de Israel y el pueblo judío. Eso también es un hecho. Estas no son verdades en competencia porque ambas son verdaderas; estas verdades, aunque en gran medida no están en disputa, no evitan una batalla continua de la narrativa. En esa batalla está la raíz del conflicto. Cada lado reivindica su superioridad histórica, cada lado reivindica que “estuvo aquí primero” y cada lado cree que sus reivindicaciones constituyen el manto de su ascendencia histórica.
La Declaración Balfour con todas sus repercusiones ha forjado una historia que universidades y centros de investigación aún intentan comprender. El fallecido expresidente Gamal Abdel Nasser resumió la opinión árabe sobre el conflicto al describir la Declaración Balfour como una afirmación de quienes no poseen, los británicos, a quienes no merecen, los judíos, sin el consentimiento de quienes poseen y merecen, los palestinos. Fue la narrativa más clara que formuló la naturaleza existencial del conflicto.





