COLUMNA

Cuando el silencio mata: hablar también salva vidas

En menos de dos semanas de este nuevo año, nuestra ciudad ha sido sacudida por dos suicidios. Dos vidas que se apagaron, dos historias que quedaron inconclusas, dos preguntas que, como comunidad, no podemos seguir esquivando.

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En menos de dos semanas de este nuevo año, nuestra ciudad ha sido sacudida por dos suicidios. Dos vidas que se apagaron, dos historias que quedaron inconclusas, dos preguntas que, como comunidad, no podemos seguir esquivando.

Cuando ocurre un suicidio, solemos quedarnos en el impacto de la noticia, en el asombro, en el “nadie lo esperaba”. Pero desde mi rol como psicóloga, sé que el suicidio casi nunca llega sin aviso. Llega después de mucho silencio. Después de un dolor sostenido. 

El suicidio no es un deseo de morir, es, en la mayoría de los casos, un deseo profundo de dejar de sufrir.

No todas las personas que piensan en quitarse la vida lloran abiertamente, no todas hablan de su tristeza, no todas parecen “deprimidas”.

Muchas sonríen, muchas siguen trabajando, muchas cumplen con sus responsabilidades, muchas dicen “estoy bien” mientras por dentro sienten que ya no pueden más.

En consulta he escuchado frases como: “No quiero preocupar a nadie”, “Hay personas que están peor que yo”, “Esto se me va a pasar”.

Y esas frases, tan comunes en nuestra cultura, se convierten en trampas silenciosas, porque el dolor no expresado no desaparece; se acumula y cuando no encuentra salida, busca escape.

No es debilidad pedir ayuda.

Una de las ideas más peligrosas que aún circula es que hablar de suicidio “incita” a cometerlo; la evidencia clínica muestra lo contrario: hablar salva, nombrar el dolor permite que alguien se sienta visto, escuchar sin juzgar puede ser la diferencia entre la vida y la muerte, acompañar sin minimizar puede devolver la esperanza.

El suicidio no es un acto impulsivo sin contexto, es la consecuencia de un sufrimiento que se sintió insoportable y, muchas veces, solitario.

Como sociedad, ¿qué estamos dejando de escuchar?

Vivimos en una cultura que exige fortaleza constante, que invalida el cansancio emocional, que premia la productividad, pero ignora la salud mental, que pregunta “¿qué hiciste hoy?” antes de preguntar “¿cómo estás de verdad?”.

Y mientras tanto, hay personas que sienten que sobran, que estorban, que son una carga.

Ese sentimiento no nace de la nada, se construye cuando el dolor no encuentra espacio, cuando la tristeza es juzgada, cuando la vulnerabilidad es ridiculizada.

Hay señales que merecen atención inmediata: aislamiento marcado; comentarios frecuentes sobre cansancio extremo o desesperanza; expresiones de inutilidad o culpa excesiva; cambios bruscos de comportamiento; regalos inesperados o despedidas veladas.

Tomarlas en serio no es exagerar, es cuidar. Si alguien cercano expresa ideas de muerte, no es momento de discursos ni de frases motivacionales, es momento de escuchar, acompañar y buscar ayuda profesional.

Hablar puede incomodar, pero callar puede costar una vida.

Necesitamos romper el silencio, necesitamos dejar de minimizar, necesitamos entender que la salud mental también es una urgencia.

El suicidio no se previene con frases bonitas, sino con presencia, redes de apoyo, acceso a atención psicológica y un cambio profundo en la forma en que miramos el sufrimiento emocional.

Si estás leyendo esta columna y sientes que el dolor te está sobrepasando, quiero decirte algo con claridad: no estás solo, no estás sola, y tu vida importa.

Pedir ayuda no te hace débil, hablar no te hace menos, sentir no te hace un problema.

Si conoces a alguien que está atravesando un momento difícil, no subestimes el poder de un mensaje, de una llamada, de una escucha sincera.

Hoy más que nunca, necesitamos entender que hablar también salva vidas, que el silencio no protege y que acompañarnos, como comunidad, es una responsabilidad que no podemos seguir postergando.

Por Daniela Rivera Orcasita 

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