Las democracias tienen una extraña costumbre: obligan a los vencedores a gobernar y a los derrotados a aceptar que perdieron. Lo primero suele ser difícil. Lo segundo, con frecuencia, todavía más.
La posesión presidencial de Abelardo Gabriel de la Espriella Otero ya nació rodeada de un ingrediente poco común. El Congreso no recibirá el juramento en Bogotá sino en Cali. Conviene precisar el alcance de la decisión: no se muda la capital de la República ni el Capitolio emprende un éxodo institucional. Simplemente el Congreso sesionará, de manera excepcional, en otra ciudad para ejercer una competencia que la Constitución le confía. A veces una maleta genera más debates que un artículo constitucional.
El simbolismo, sin embargo, es inevitable. Las ceremonias del poder nunca son simples ceremonias. Son mensajes. Y los mensajes, en política, producen más interpretaciones que los propios discursos.





