Nunca la tecnología había alcanzado semejantes niveles de desarrollo; sin embargo, son sobresalientes las vulnerabilidades de los sistemas alimentarios. Las guerras, las tensiones geopolíticas, las interrupciones logísticas, el cambio climático y la concentración de la producción de fertilizantes han demostrado que la seguridad alimentaria es hoy un asunto tan importante como la seguridad energética o la defensa nacional.
Colombia aparece como una excepción privilegiada. Pocos países reúnen simultáneamente abundancia de agua dulce, diversidad climática, millones de hectáreas con potencial agrícola, producción durante todo el año y una biodiversidad capaz de sostener sistemas productivos resilientes. No es casualidad que la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación) recalque la importancia de Colombia como despensa alimentaria para el mundo.
Sin embargo, tener potencial no equivale a aprovecharlo. Durante décadas, el país ha observado al sector agropecuario más como un problema social que como una oportunidad estratégica. Las limitaciones en infraestructura rural, la baja tecnificación, los conflictos por la tierra, las deficiencias logísticas y la ausencia de una política de Estado de largo plazo han impedido convertir las ventajas naturales en ventajas competitivas.











