Al escuchar contar a Camilo Namén Rapalino la historia de sus 80 años de vida, no se pueden resumir en una crónica, sino en varios libros donde cada capítulo encierre vivencias, alegrías, tristezas y, en el centro de todo, las canas de su vieja y aquel padre, su gran amigo, su amigo fiel, ese que se jugaba con él.
Como testimonio de su trasegar por la vida han ido quedando cantos que se convirtieron en clásicos vallenatos, donde también brotaron versos para cantarle a Chimichagua, esa tierra sagrada que lo vio nacer.
Cantó y lloró al recordar ese verso que está pegado a su noble corazón: “Son sentimiento que me salen del alma, en una forma humana que demuestra querer. Vengo a cantarle a mi tierra Chimichagua, esa tierra sagrada que a mí me vió nacer. Por dentro siento que mi tierra me llama, y mis ojos reflejan su bello amanecer”.











