Ninguna de las personas que le conocieron a temprana edad le auguraban un buen futuro dada su limitación visual. No obstante ello, el destino le tenía deparadas cosas muy grandes, que solo con el correr de los años se habrían de enterar quienes desde pequeño lo conocieron y fueron escépticos de que algún día obtuviera algún tipo de logro. Quizás no comprendieron que aquello de lo cual carecía (visión), le sería compensada de otra manera: una agudeza auditiva extraordinaria de tal manera que todo lo que ocurría en derredor era percibido por él, dando con ello vuelo a su imaginación.
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Un lunes 20 de febrero del año 1928, en una alegre mañana de un ambiente festivo por los carnavales que se llevaban a cabo en esa región del Caribe colombiano, llegó a este mundo un niño invidente en el hogar conformado por Abel Rafael Duarte y María Ignacia ‘Nacha’ Díaz, al cual se le bautizó con el nombre de Leandro José Díaz Duarte, llevando por delante el apellido de su madre. Nació exactamente en una finca llamada Alto Pino, ubicada en Lagunita de la Sierra, municipio de Barrancas, en el centro del departamento de la exótica Guajira.











