Para Anderson Centeno todos los días eran iguales; no había forma de sacarlo de su rutina recóndita. El alcohol y los excesos fueron sus principales aliados, no había fin de semana en el que un juego de dominó o de billar se conjugara con una cerveza de marca.
A sus 71 años los problemas de hipertensión lo aquejan. Las afecciones cardiovasculares comenzaron a aparecer, pero su adicción por el licor fue más fuerte que su instinto conservador hacia el cuido de su salud. Era ciego y sordomudo ante su oscura realidad.
Al lado de un descuidado lote enmontado del barrio La Esperanza, en donde la abundante maleza curte sin piedad el entorno de apariencia selvática, habita el hombre de piel morena, corpulento y de palabras cortas y atragantadas.











