En Chimichagua, Cesar, ofició como Inspector Central de Policía un ciudadano del común que casi nada sabía de leyes, decretos y resoluciones, pero era práctico para resolver cada caso que le llegaba muy a menudo a su modesta oficina. Así lo hizo durante un largo periodo del año 1985, donde al final salió bien librado y sin ser enjuiciado por motivo alguno.
Tuvo un caso cuando llegó una madre de familia con sus dos hijos a denunciar a su compañero, un pescador del corregimiento de Sempegua, quien la había maltratado y causado heridas. Lo primero que hizo el funcionario fue ir al pueblo con la Policía para detenerlo.
A los ocho días de estar preso, la querellante llevó un documento al inspector pidiendo su libertad, porque estaban aguantando hambre y era él quien llevaba el sustento a la casa. El inspector visitó al preso en la cárcel haciéndolo arrodillar, pedir perdón a su mujer y a sus hijos, exigiéndole que desde ese día observara buena conducta. El detenido arrepentido, aceptó. Nunca más llegó una queja en contra del pescador.











