-¡Nos van a matar!, ¡no!, ¡déjame!.
Trato de agarrarlo del brazo para convencerlo de que no es real, que está a salvo conmigo, pero no lo logro. Su llanto me remueve en lo más profundo de mi alma porque, aunque quiero transmitirle seguridad y confianza no la tengo. Los disparos de anoche aún retumban en mi cabeza y los escucho rebotar en las tablas de la casa.
Le susurro que mañana todo será mejor. Que podrá salir a jugar, pero que no pise el manantial verde, que no hable con el hombre que se sienta en el banco y se aleje de las bolsas negras que hipnotizan a las moscas. ‘Puedes salir mi niño, pero ten cuidado con el mundo que está a la expectativa por devorarte’.






