– Dale de comer a tu abuela.
Agarra el plato que le entrego y mi hija se sienta en la silla para darle la comida a mi mamá. Recluida en la mecedora, mi madre, con la mirada perdida hacia el horizonte, está absorta mientras tratan de meterle la cucharada con arroz en la boca. Me dirijo a la cocina, pero el sonido de la corneta de una bicicleta me asusta y me detengo a medio camino. Volteo a ver a mi mamá y ya las lágrimas están corriendo por sus mejillas. ¿Qué haremos el día del desalojo? ¿a dónde iremos con mi mamá? Se la llevó hace ocho años una isquemia que la dejó inmovilizada en estas paredes que son lo único que ella y yo tenemos sobre una tierra que ya tenía dueño.
Lo que usted acaba de leer son algunos de los pensamientos que afligen a un alto porcentaje de familias de la invasión Bello Horizonte 2 que tienen a su cargo personas en condición de discapacidad.
