“Salgo de la casa y los gritos de las vecinas me ensordecen. Corro hacia el uniformado y le pido que nos dé unos minutos más, pero él con mirada impasible me ignora. Un fuerte ruido me hace voltear la vista hacia la casa y caigo sobre mis rodillas cuando veo que la retroexcavadora ha derrumbado la puerta de mi casa.
-¡Mi familia está adentro! ¡paren la maquinaria! ¡por favor, mis hijos!
Despierto bañado en sudor y mi esposa preocupada me coloca la mano en el pecho. Me mira fijamente y me susurra: ‘hoy no’”.
