Desde el momento en que mi hijo formuló la pregunta – ¿Y por qué todo el mundo está con ese cuento del coronavirus?––, supe que tenía que escribir algo. A sus cinco años, cuando todavía su principal preocupación son esos renovados trompos con características guerreras (Beyblade), la escena no podía pasar desapercibida. Hacía tiempo que la preocupación estaba en los medios de comunicación, entre nosotros y en las calles, pero ahora había llegado al colegio de ese niño de pelo ensortijado.
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Traté de abordar el asunto de la manera menos alarmante. Le presenté el virus como algo llegado de un país lejano, hablé de su rápida evolución en otros países, y, luego, mencioné el impacto que podía tener en la salud de los más ancianos. Sin ser alarmista, le dije que los más afectados eran ellos, los viejitos, y él, ante esa alargada explicación, me respondió:











