Los nudillos de alguien tocaban mi puerta que resonaban en el silencio de un domingo. Un recadero del Pibe Durán Escalona me dio aviso de una invitación a su casa, en la cual había dado aposento a Manuel Zapata Olivella, el maestro de la pluma frondosa y de temas colombianistas con mensaje social. Dispuse mi ánimo entonces para extraer toda la información de labios de este escritor caribe, a quien había tratado unos años antes en Bogotá para la época de mi formación universitaria.
Una sonrisa ancha y un estrechón de mano rubricaron su vigoroso saludo. Su rostro moreno, enmarcado bajo la pelambre chamuscada de un medio afro, una cejas de pelo saltones y en caos como los ogros de los cuentos de hadas, unas patillas de prócer patriota con salpiques de canas, y unas barbas ralas y rizas, siempre me recordaban los retratos de Haile Selassie, el último emperador de Etiopía que destronaron los ejércitos fascistas de Mussolini.
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