Cuando las ciudades crecen hasta los olores cambian, Valledupar hoy tiene otros aromas, con más tendencia a fetideces extranjeras por la abrupta irrupción de una masa invasora que lo primero que desplazó fue el bálsamo de una idiosincrasia genuina.
Ya por la calle 17 no huele al pan de la ‘Mejor’, ahora la fritanga invade esos espacios con el grasiento panorama que desplazó el romanticismo de los que caminaban rumbo a la panadería moderna, que a su vez le había quitado el protagonismo a su tienda vecina, El Brasil, hoy convertida en una cantina adornada de las máquinas tragamonedas, donde los ilusos vuelan en sueños millonarios, que empobrecen sus bolsillos.
El olor a carburante de los willys hace años se fue de cinco esquinas, aquella estación de taxis por excelencia, donde se abordaba el servicio sin el temor de un burundangazo. No existían los afanes desesperantes que causan arritmias y que apuñalan la tolerancia. Qué distante a la tranquilidad del ayer en ese sector céntrico del Valle, que solo lo alteraba el motor imaginario de ‘Chepo’, un loco que no olía a bazuco, y quien en su imaginación se creía carro y se apagaba en medio de la calle.











