Ramón Acosta Marín recuerda que durante la época que vivió en el barrio El Carmen, ubicado en el centro de Valledupar, empezó el drama que desde el 2012 lo llevó a estar muerto en vida. En uno de esos días que transcurría con total normalidad para él, decidió hacer un ‘chance’ en su carro a una señora, de la cual no recuerda mucho, pero en ese recorrido, en un momento de descuido, su nieta pequeña iba a pasar la calle y él en una reacción inmediata salió tras la menor, se bajó abruptamente del vehículo, pero al momento de volver no encontró la billetera que había dejado en la guantera y que contenía todos sus documentos y dinero. Nadie le dio razón al respecto.
La situación podría haber quedado en una simple anécdota con la duda del paradero de su cartera, de no ser porque terminó convirtiéndose en un verdadero calvario para él y su familia. Como es habitual en estos casos, Acosta interpuso los respectivos denuncios e inició los trámites para obtener nuevamente sus papeles, entre los que la cédula de ciudadanía figura como el más preciado.
Sin embargo, al acercarse a la Registraduría para solicitar su documento de identidad se enteró de algo que nunca pensó escuchar, que estaba muerto. “Me dijeron que la cédula había sido dada de baja como fallecido y de ahí vino la brega todos los días yendo a una parte, yendo a otra y del Sisbén me mandaron la notificación de que aparece fallecido con caso uno, que es el de homicidio, como que mataron a alguien y encuentran mi cédula. Eso fue lo que yo entendí y en lugar de cotejar las huellas de la cédula mía con quien encuentran muerto dieron por hecho que esa era la persona”, explicó Acosta.











