Se conocieron en el Mercado de Valledupar cuando él tenía 31 años y ella 20. Rafael Navarro se dedicaba a distribuir pollos que eran transportados desde Bucaramanga a esta capital y pueblos del Cesar, mientras que Sara Cujía laboraba en un almacén de esta zona comercial.
“Yo andaba por ahí un día y la vi. Me pareció que era muy atractiva; poco a poco comenzamos a dialogar”, comentó Rafael. Esos encuentros para conversar y conocerse fueron avanzando hasta el siguiente paso. Salidas a fiestas y a casetas de la época eran algunas de las invitaciones que le hacía el caballero a su dama en medio del cortejo.
Los meses pasaban, la amistad se fortalecía y el amor ya se asomaba. Un año después Rafael ya quería dar el siguiente paso, puesto que él estaba seguro que Sara era la mujer idónea para acompañarlo en el camino de la vida. Pero ella a pesar que sabía que su corazón pertenecía a él, tenía un temor.











