El reloj marcaba las nueve y treinta de la mañana cuando le dejaron caer el pesado aldabón de cobre sobre una de las hojas de la puerta elaborada en cedro. El viejo Roberto habló en voz alta para que la empleada abriera la puerta, ella dejó el oficio y salió rauda a ver quién era. El viejo con oído de tísico escuchó cuando preguntaron por él y con el mismo tono de voz le dijo: “Cunse, déjalo entrar que ese es mi compadre Juan Muñoz”.
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Juan siempre visitaba a Roberto Pavajeau Monsalvo cuando venía a Valledupar a hacer alguna diligencia procedente de San Diego, lugar donde habitaba. Un hombre menudito, de tez morena, ojos negros saltones, cabello hirsuto del mismo color.











