CRÓNICA

Simón Bolívar y sus historias de alcoba

La temprana viudez de Bolívar lo lleva a preocuparse de temas nuevos como el laberinto de la política. De ahí dio un paso a la idea de la emancipación y de ahí otro a ponerse la casaca militar.

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Simón Bolívar y sus historias de alcoba

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Los criados subían los baúles a los aposentos dispuestos para el joven que llegaba a Madrid desde la distante Capitanía de Venezuela. El propio marqués Jerónimo Ústariz y Tovar salió hasta el porche de su mansión quitándose un guante para estrechar la mano del recién llegado, un jovenzuelo de 17 años nombrado Simón, para expresarle unas frases de bienvenida, como era de rigor entre gente con estatura social.

Suponía un esfuerzo atravesar el océano en un velero por dos meses y más, que duraba tal travesía, por cuanto el ama de llaves de tal casona había dispuesto una bañera de alabastro con aguas fragantes, una cena abundante, una rebosada copa de vino chacolí y una cama acolchada para el reposo del viajero.

El joven Simón Bolívar no era atractivo. Tenía una estatura pequeña, una cabeza un poco desproporcionada, ojos vivos, tez morena y cabellos negros. Su inmensa fortuna, y después su nombradía de victorioso guerrero, sería el panal para atraer damas amantes de la fama y del poder. Además, por sus venas corría la calenturienta sangre de su padre Juan Vicente Bolívar, que aún en la edad cincuentona tuvo algo más que coqueteos con algunas faldas caraqueñas, sin hacer reparos en la escala social de sus pretendidas, y hasta corrió el rumor que se refocilaba con sus negras esclavas.

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