Mi afán de escribir data de años lejanos, cuando apenas podía asimilar la belleza de un poema. Los escritores y poetas (se me antojaba pensar entonces) eran seres distintos, conocedores de arcanos fabulosos y ocultos. Uno de los primeros libros que con ansias leí, fue de un autor anticlerical, de acertada pluma, José María Vargas Vila. Su fama de aguerrido hereje acrecía mi estupor. Me atraía su prosa frondosa, su ateísmo escandaloso con mixtura de agresiva filosofía y amargo humorismo.
Hubo un tiempo, digo, en que escritores y poetas eran una categoría de dioses humanos. Con esa aureola, hacia 1923, llegó a Cartagena la nuestra (para distinguirla de la española) José Santos Chocano Gastañodi, el reputado poeta peruano. Entre la celebración que hubo para tal huésped ilustre, se hizo un recital auspiciado por la Asamblea de Bolívar, cuyo presidente era Sebastián Meza Merlano, otro bardo. A ese evento asistió el vate inca vestido de frac, un bigote negro retorcido hacia arriba y una corona con hojas de laurel en oro, sobre sus sienes. Recitó entonces “Los caballos de los conquistadores”.











