La tarde en su marcha caía aquel día con su sombra sobre la mole señorial, hora en la que abandonaba la luz, apoderándose de ella, el silencio que invadía el interior del recién construido convento de Santo Domingo de Valledupar, obra de los padres dominicos, cuando el indigente apareció de un momento a otro merodeando las afueras del templo.
Se acercó al conserje para pedirle que le permitiera dormir esa noche en su interior. El cancerbero abrió su puerta y el pordiosero cruzó su quicio, y la batió con fuerza para cerrarla y quedarse solo, acomodándose en uno de los tinglados del apenas pañetado recinto.
Al día siguiente el sacristán quiso ver al extraño, pero –inexplicablemente- había desaparecido, a cambio, tropezó con una estatua sin explicarse su aparición. Avisó al Prior que – consternado- corrió a constatarlo.











