“¡Caramba!”, me dijo Manuela Torres Arroyo cuando me vio traspasar la puerta de su casa. “Qué viento lo trajo por acá, señor”. Se levantó de donde estaba, debajo de un pequeño rancho de palma que utiliza como cocina, y se encaminó hacia la puerta de la calle de su vivienda, donde yo la esperaba. Su andar era lento, lucía en su cabeza un turbante cuyo color imitaba la piel de un tigre y en su frente un mechón de pelo cano. Cubría su cuerpo con un vestido gris largo, de botones, sin mangas. De su cuello colgaba un escapulario y en su rostro estaba la expresión de una sonrisa de bienvenida. Me pidió que entrara a su casa, me dio un abrazo, y nos ubicáramos en dos sillas plásticas que estaban en la sala de la pequeña vivienda.
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El reloj marcaba las cuatro de una tarde amenazada de lluvia por una nube que traía las brisas de los Montes de María. Miguel Hernández, su esposo por más de cincuenta años, me informó que ella se encontraba dentro de la vivienda, un pequeño edificio compuesto por dos cuartos y una sala. Él estaba en la acera contraria a la casa que ocupaban desde que un viento huracanado destruyó la de la pareja. Estaba sentado, sin camisa, en el sector de Palenquito de Barranca Nueva, Bolívar, “cogiendo fresco” debajo de un árbol de Olivo.











