Allá, a orillas del río, a pocas leguas del Valle de Upar, quedan los Cardonales de Guacoche, el pueblito de Lorenzo Morales. Es una especie de aldea que, arrullada bajo el lírico embrujo de las aves, sueña aún romper el primitivo eslabón de la eterna esclavitud. Sus habitantes, como nómades ancestrales, parecen ir buscando siempre el ínfimo rastro de la historia que los conduzca definitivamente por los caminos de la libertad.
Las tinajeras, esas mujeres aguerridas que, envueltas en sus típicos turbantes bajo el ardiente sol, moldean la arcilla como el alma misma, son enervante metáfora del obrero medieval cuya disposición, religión y pensamiento estaban subordinados a la voluntad del feudo. En distintas proporciones, y con disímiles matices, así es la tierra del juglar, una delirante e inusitada geografía que como noble vasallo sucumbe al regazo del servil patriarcado.
Pero, más allá del yugo español y otras servidumbres, los increíbles dones para el canto y la probidad del nativo son imbatibles instrumentos que, pese al vilipendio y abandono perpetuos, han conseguido la emancipación artística y moral de nuestra amada Provincia. Bajo este criterio surge entonces el legendario Lorenzo, un guerrero sin capa ni espada, pero provisto de una magnífica pluma, de faustas veleidades y homéricos trazos, y asistido por los más recónditos enigmas del Cacique Upar.











