El jueves me encontraba en la calle principal de mi pueblo, cerca del Banco Agrario, y vi parqueado en la puerta de esa entidad un carro de valores de la Brinks y, por esa misteriosa ley de la asociación de los recuerdos del pasado con imágenes del presente, llego a evocar algunos pasajes vividos hace algunos años por estos pueblos de Dios.
Mi pueblo tenía (y sigue teniendo) una sola entidad bancaria, hoy El Banco Agrario y antes, lo mismo, La Caja Agraria. Cuando el conflicto armado se hizo común y recurrente en el departamento del Cesar, cuando la guerrilla hacía retenes diarios en la carretera, cuando el enfrentamiento con el ejército se daba en la carretera “Vía al mar”, cuando el ejército disparaba desde la parte izquierda de la vía y la guerrilla desde la parte derecha, cuando vivimos en el fragor de esos combates y que temíamos una toma guerrillera en nuestros pueblos, se daba un caso curioso producto de esta circunstancia.
El Banco Agrario no podía mantener en sus arcas mayor cantidad de dinero, por temor a ser atracado por la guerrilla, entonces los gerentes tenían la obligación de llamar a Valledupar, avisando que habían llegado al tope de los depósitos y venía un helicóptero a llevarse el dinero del Banco hacia la capital o a diseminarlo en las otras sucursales donde hacía falta. Esto ocurría en Tamalameque rara vez, pues las cuentas habientes que depositaban grandes cantidades no existían, solo uno, La Codi Mobil, que tenía una planta de abasto en Puerto Bocas.











