Todos estaban a la espera del Ministro. Allí, posado ya en tierra, estaba el avión. A la sombra de una de sus alas los músicos de la banda de viento se habían amparado de un sol bravo. Ahora ejecutaban el pasodoble España Cañí. Su director, el maestro Ezpeleta, les había hecho repetir hasta el aburrimiento las polcas, mazurcas y también los valses austriacos, todo un catálogo de buena música, para que allí y en ese preciso acto, estos muchachos se lucieran. Él mismo había exigido a todos los de la banda que fregaran el metal de sus instrumentos con bicarbonato de sodio para que el sol les diera visos dorados en tan solemne ocasión.
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Una racha de buen nombre le había venido al maestro once años antes, con ocasión de las ceremonias hechas en honor de Guillermina, la soberana de Holanda. En esa ocasión su mano había sacudido la batutilla con trazos imaginarios en el aire para marcar los tonos melódicos de la banda cuando la reina descendía de un buque de guerra, la vez que vino a Curazao. Ella, impresionada por la armonía de su arte que salía de sus partituras caribes, por tres veces le hizo repetir una pieza llamada ‘El Tabaco de Toribio’.











