La Semana Santa es la celebración, junto con el natalicio de Jesús, más importante en el mundo católico, además de ser considerada como uno de los momentos del año litúrgico más intenso por sus fuerza e intrínseco dramatismo (Virgili, 2010). Su origen se remonta a la pascua de los israelitas, en la que celebran, anualmente, los siete días conmemorativos del éxodo del pueblo escogido por Jehová, de Egipto a la Tierra Prometida. Fue en el siglo II, después de Cristo, cuando comenzó su organización y la conmemoración del triduo sagrado, la pasión, muerte y la resurrección del Señor.
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Como resultado del Concilio ecuménico de Trento y de la contrarreforma, se inició, en los siglos XV y XVI, el proceso de darle a la Semana Santa el significado religioso que tiene. Fue cuando las representaciones teatrales medievales, en las que se utilizaban esculturas de Cristo que se relacionaban con actores intérpretes de la pasión, muerte y resurrección, son sustituidas por la puesta en escena de esos hechos en las procesiones que iban por las vías públicas.











