Su mirada se pierde mientras escucha las conversaciones de sus amigos; cierra los ojos lentamente como amortiguando el sueño que lo quiere vencer y no precisamente a punta de versos.
No puede cantar, pero sus dedos gruesos los deja correr y sonar en una mesa para acompañar la música mientras escucha una de sus composiciones jocosas a ritmo de puya. Andrés Beleño habla con los ojos. Mira fijamente a quien lo entrevista, quiere responder, pero su semblante inmóvil perpleja su habla.
El hombre dicharachero, chocarrero y amigo de sus amigos permanece atacado a una circunstancia que precisamente lo aísla de su entorno. El hombre de piquería, acostumbrado a las grandes batallas en tarima, se aferra a su estado de salud. No puede hablar, mientras su brazo derecho no tiene la misma fuerza.











