El fuego de la palabra, la teatralidad y el ademán del tribuno, están sepultados por lo pragmático del discurso moderno disuelto en cifras, estadísticas, presupuestos y problemas de obras públicas. Los últimos grandes oradores que hemos tenido han sido Laureano Gómez y Jorge Eliecer Gaitán, y hasta una época, después del asesinato de este caudillo, el grupo de Los Leopardos redituaban fama en el hemiciclo de los cuerpos colegiados y en la plaza pública. No hay sucesores de esta elocuencia torrentosa. En Gilberto Alzate Avendaño la ingeniosa diatriba brillaba cuando la voz resonante de Laureano se replegaba en el silencio de los últimos años. Antes, una pléyade de oradores llegó a inicios del siglo pasado como el poeta Guillermo Valencia, Rafel Uribe Uribe, Antonio José Restrepo (El Ñito), el Negro Robles, Olaya Herrera, María Cano para mencionar los más representativos.
En la provincia vallenata, a mediados del siglo XX, fueron fogosos oradores nuestros, Esteban Bendeck Olivella, Clemente Quintero y Crispín Villazón, de quienes oí el estallido fosforescente de sus intervenciones.
Gaitán con su palabra enjundiosa, esbelta y bruñida, ocupa dos décadas en las cuales hacía trepidar de emoción a las muchedumbres. Voz de plaza, parlamento y foro, Gaitán era arenga, debate y doctrina.
En el siglo XIX hubo prodigios en la elocuencia, pero desde José Acevedo y Gómez, el “Tribuno del Pueblo,” que con su arenga reavivó el bochinche del florero del Veinte de Julio, el mejor de los mejores fue José María Rojas Garrido. No fue un pensador ni un estadista sino un tribuno que con el vigor de su verbo volcánico y sin mesuras, irrumpía en las ocasiones que presentaba la enconada lucha de ideologías sobre el fondo de los avatares mudantes y caprichosos de las guerras civiles. Conocido por su exaltado liberalismo, es recordado por el episodio que refiere la marcha de una multitud de manifestantes por la Calle Real con el rumbo puesto al Palacio de la Carrera (San Carlos) para gritar su apoyo al presidente Núñez, cuando Rojas Garrido, en la oposición de los liberales radicales, improvisando una tribuna arengó a los marchantes dándoles argumentos contrarios al respaldo que llevaban. El resultado inmediato fue una violenta pedrea de esos manifestantes a la casa presidencial.











