Por: Maríaruth Mosquera / EL PILÓN
Es profunda la pena de los poetas. Atónitos, han visto debilitarse los lazos que desde el principio de los tiempos han sujetado la conexión hombre/río, poesía/naturaleza, la cual soñaban indisoluble, sin siquiera sospechar que sería herida de muerte y que a ellos les tocaría vivir el doloroso trance de asistir a la agonía de la musa o inspiración, retoño nacido de esa relación.
La última vez que la vieron era un ente marchito y volátil que adherido a una lágrima se deslizaba en silencio y con dificultad por entre las piedras del río. Sus melodías milenarias eran casi imperceptibles al oído humano y ella, la musa, inasible para los poetas, que infructuosamente la siguen buscando en los playones del Maracas, en las rocas secas del San Francisco, en las lágrimas del Guatapurí, en las exiguas aguas del Badillo, en las turbias y contaminadas del Cesar o en los recovecos deshidratados de muchos otros ríos que han sucumbido a la devastación ambiental de estos tiempos.











