Lo que es la Mamá Grande para el realismo mágico de Macondo, lo es para Patillal Juana Arias. De mediana estatura, rizos plateados y peineta, y de invicta majestad ceñida, parecía someter la voluntad de las cosas, tempestades y fantasmas.
En el denominado barrio El Perú, en su modesto rancho de bahareque, pasaba los días, rodeada de familiares y paisanos y cronistas del Valle de Upar que, con famélica ansiedad, sorbían la lírica savia de sus crónicas. Pero sus visitantes naturales eran Vicente Corzo y Pedro Guerra, esos bucólicos juglares que narraban los aconteceres cotidianos con la misma precisión y constancia con la que las legendarias tejedoras del pueblo trenzaban el bordado.
Aparecían por la madrugada. Vicente con su abigarrado pantalón de pana y sombrero de fieltro; don Pedro, enarbolado en su clásica guayabera de lino crudo y su andadura de gitano triste. Se sentaban en los arruinados taburetes de cuero, reclinados a la pared o contra alguno de los postes de la techumbre, al pie de la troja donde, con postrer desgarbo, un desvencijado molino aguardaba la molienda. Al frente, sobre el crujiente fogón de leña, bullía en nostálgica flagrancia el café de la mañana.











