UN CURANDERO Y HUELGUISTA
Eran las dos últimas consultas que, en su gabinete de homeópata, curandero o “cucuriaco”, como querían llamarlo, hacía sin lucro Raúl Eduardo Mahecha, el milagroso tolimense de El Guamo, el mismo que atizaba huelgas por toda Colombia. Hasta la media mañana atendía a las familias de los jornaleros que desgajaban racimos de banano haciendo arrumes para cargarlos en las carretas de las recogidas.
En una estrecha habitación de Ciénaga tenía una hamaca, un baúl enchapado con latón y un armario surtido de tarros azules y ambarinos que contenían sus emulsiones, jarabes, pócimas, sulfatos y cloruros. Era muy de su costumbre sonreír siempre para lucir sus dos caninos laminados de oro, en los cuales, según la inocente creencia de la gente, encerraba la sabiduría para escribir discursos en su imprenta de tipos móviles, que distribuía en volantes, y otros poderes extraños, entre ellos el de adivino y curalotodo.











