El proceso de acelerada urbanización que, erróneamente se equipara a progreso, es la lógica de crecimiento de nuestras ciudades. Al mismo tiempo que se ensancha, la ciudad se torna más peligrosa, los que más bienes tienen se sienten más amenazados por hordas de delincuentes y vándalos a los que ya, ni siquiera las fortalecidas rejas, mantiene a raya: ya no es seguro estar en la terraza, así que de nada vale tenerla.
En Valledupar, como en la mayoría de ciudades de la región, bajo esta lógica de “preservar la seguridad”, se está imponiendo como moda de diseño habitacional las llamadas “casa-patio”. Se trata de una estructura que no solo distancia la casa de la acera, sino que la oculta de la vista de transeúntes, se cerca de vallas electrificadas y se le instala ojos hacia dentro y fuera con cámaras de vigilancia para “ver sin ser vistos”.
La paranoia para preservar la seguridad está llevando a muchas familias a una práctica de invisibilización extrema que deriva de las nuevas formas de segregación espacial en quienes se encierran y ocultan mediante muros y rejas. Cada día crece más esa modalidad de segregación física, familias pudientes que habitan enclaves fortificados y que exacerban la percepción de inseguridad con obsesivas conversaciones sobre el tema, polarizando lo bueno y lo malo, estableciendo distancias y muros simbólicos que refuerzan las barreras físicas.











