En la Semana Santa de 1998, me embarqué en una aventura familiar casi escrita en los pergaminos de Melquíades. A bordo de un viejo Lada Samara, mis padres y yo partimos desde Valledupar, Cesar, hacia el Magdalena, con la intención de visitar a los padres cataqueros de una colega profesora de Español. La razón de este viaje era especial: había escrito mi primer poema y había sido publicado en el periódico escolar.
La casa de los padres de la colega de mis padres era una casona, con amplios cuartos donde cabían cuatro camas y dos hamacas. A medida que transcurría el día y andábamos a pie por el pueblo, me di cuenta de que muchas casas eran así, incluyendo una que albergaba un museo con un inmenso árbol de pivijay, también conocido como caucho. El guía nos contó que se le conocía como “el árbol que camina” porque las raíces se extienden desde las ramas hasta el suelo, así que me imaginé que si un día regresaba el árbol habría escapado.
Fue en ese lugar donde sentí por primera vez que ya no era una niña. Recuerdo que me pidieron firmar un cuaderno con mi nombre, un gesto que parecía tan simple pero que llevaba consigo un profundo significado: el dueño de la casa sabría que yo había estado allí, o al menos eso me dijeron.











