La estadía vacacional en mi población estaba llegando a su punto culminante. Un par de días atrás, en una visita reposada a mis amigos, eminentemente dialécticos sobre temas políticos y de literatura, había manifestado a Julia el deseo de entrevistarla.
Fue un viernes sofocante, con brisas impetuosas y sol pertinaz. Los dos árboles frondosos de hojas segmentadas, ubicados al pie del terrado de su casa centenaria, figuraban un oasis en medio de aquel panorama condicionado por la reverberación del calor.
El diálogo que sostuve con la octogenaria mujer, bajo la fronda de la alameda, fue ininterrumpido, excepto por el olor a leche hirviendo que ella se dispuso a apagar con presteza, rompiendo el protocolo del interviú. Ni más ni menos: era la leche del peto. Ese día sentí el zarpazo de la nostalgia: en muchas tardes de mi infancia feliz, transcurridos en casa de mi abuela materna, las cenas consistían en sus empanadas de carne y sus petos inolvidables.











