Tantos años después, vuelvo a esta casa. Sus corredores, fatigados de aromas y nostalgias, anticipan la mística soledad de los aposentos. Entre macetas florales, juguetea una mariposa que sorbe el néctar y sale a ocultar sus liviandades en la fronda de los naranjos.
La tarde agoniza sobre los pinos. Un taciturno destello, cernido entre el follaje de las palmeras, proyecta sobre el césped la efímera y escuálida silueta de un Sagrado Corazón de Jesús y en danzante sobrevuelo exhorta la mirla la lírica orfandad de una rosa.
Al abrir la puerta el mayordomo, asisto al ámbito adormecido de la estancia. Percibo el rastro del mobiliario triste, que emana balsámicos aromas y un inescrutable suspiro gótico. El hombre que me mira desde el retrato, con su ambigua expresión de almirante, parece presidir las animas y las flores, las luces y las sombras y hasta el tiempo estancado en el dormitorio. Cual un siervo abnegado, con profunda abstracción, me doblego a su majestad. Examino los surcos dormidos en su rostro y la anacrónica sonrisa destemplada, la mustia embriaguez del alma salpicando sus pupilas, los mudos contornos y el crepúsculo febril de sus rizos y la nada infinita disuelta sin remedio en la ignota prisión de un marco fotográfico.











