Cuando llegó la hora de la atención se invitó a una oración para estar en contacto directo con Dios y seguidamente a un canto que entre sus apartes decía: “Nunca, nunca me ha dejado. Nunca, nunca me ha desamparado. Ni en la noche oscura ni en día de prueba, Jesucristo nunca me desamparará”.
Después del aplauso se escuchó una voz fuerte y modulada de un hombre lleno de años y que indicó llamarse Pedro Suárez. “Vengo a pedirles el favor de aplicarme la vacuna para librarme del terrible coronavirus, ese enemigo oculto que azota al mundo”. Los presentes se rieron de la elocuencia de sus palabras.
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