CRÓNICA

Escalona, un testamento celestial

Respiré los aromas primaverales del caracolí, los pereuétanos y candungas, y vi desde sus gigantescas ramas caer la lírica flor del ‘volador’ que luego iba flotando en las apacibles corrientes de la Malena, como buscando la cruz perdida de un náufrago…

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Eran las dos y media de la madrugada en Buenos Aires. Entre rebosantes copas de Brandy y vino tinto los parroquianos celebraban el triunfo de algún equipo local, al son de las nostálgicas milongas en uno de esos modestos clubes de San Telmo. Mientras gimoteaban al compás saltarín de los tangos de Gardel, yo me hundía en las románticas gestas patillaleras, soñando con las delirantes coplas octavianas, los recuerdos de ‘La Agüela’ y esas fantásticas historias de Agapito que, en su típico acento picaresco, me contara el profesor Hinojosa, degustando un buen café en casa de la inolvidable Rosenda Maestre. 

Oí, entonces, el bello trinar de canarios, sangretoros y turpiales por los frondosos caminos de La Falda. Respiré los aromas primaverales del caracolí, los pereuétanos y candungas, y vi desde sus gigantescas ramas caer la lírica flor del ‘volador’ que luego iba flotando en las apacibles corrientes de la Malena, como buscando la cruz perdida de un náufrago…

De pronto, un estruendo de voces, copas rotas, sirenas y duendes me despertó en la vida real. Volví a ser el mismo lánguido y triste visitante en la última silla del recinto, sumido en ese brindis de lejanía y olvido, donde apenas un sorbo de champán lograba apaciguar el alma, y donde solo una lágrima pudiera mitigar las penas por tan larga e irredimible ausencia. 

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