Café amargo era cuanto bebía con el primer sol del día que a su cuarto le llevaba María Socarrás. Siempre se dijo, en las voces de la calle, que era un judío alemán huido de su patria. Otra versión decía que le ponía careta a su real oficio de enviar apuntes secretos a los nazis como espía, rodando por la calle una carretilla de madera en venta de longanizas y chorizos, que él ahumaba en el horno de morro moruno de Doña María, la dueña de la casa. Para eso hacía picadillos de cerdo y res con adobos de ajo, ascorbato de sodio, pimienta, sal gruesa y vinagre blanco, tal y como debieron salpimentar en las charcuterías del condado de Frankfort de Meno, famosas desde el siglo XIX en ese rincón de la patria germana.
Teobaldo Padilla, un pastor de iglesia luterana, y como tal un sabelotodo en los laberintos e intersticios de la Biblia, razonaba que ese voceador de salchichas no podía ser hebreo porque las tribus de Israel no llevaban a la boca carne de cerdo desde cuando estuvieron errabundas en el desierto del Sinaí, y habían comido hasta ahitarse de una manada de jabalíes montaraces que les produjo una violenta diarrea de sangre y, por eso, la Torá o ley mosaica, prohibía ingerir porcinos, ya que en ellos moraban espíritus inmundos. Lo cierto también era que nadie lo había visto comer de sus carnes curadas que voceaba sol a sol por la calle, y eso desmentía que no fuera de las tribus semitas consentidas de Jehová.
Se añadía a tales conjeturas de la gente, y para mayor duda de todos, que el cachaco Rogelio, detective del SIC (Servicio de Inteligencia Colombiana) decía a quienes querían oírlo, que en el cartapacio de un archivo bogotano había visto una fotografía de un tal Erick Dossman, buscado como espía alemán, “un poco igualito” al vendedor de embutidos.











