Antes de primavera debía salir la flota para hacerle quite a los huracanes del mar Caribe. Toneles rebosados de agua, harinas, vinos, tasajos de carne y de pescado seco, arrumaban en las bodegas de los veleros que desde el puerto La Coruña, así como de Cádiz, partían a Las Indias. Un apretado gentío de toda clase y condición llenaba el sitio: expresidiarios, salteadores de caminos convertidos en soldados y colonos, grumetes, vagos, humildes frailes y uno que otro funcionario de la Corona castellana.
Agustín de la Sierra y Mercader de Cordón, zagal entonces, se abrió paso hacia una edificación de piedra tallada para hacer el registro de su nombre y destino de su viaje, ante dos malgeniados escribientes de bombacho y golilla, que anotaban con pluma de ganso en unos folios amarillentos y grasosos de tanto manoseo.
Un real y dos cuartillos pagó por el asentamiento de sus datos. Luego se fue a una ermita para quitar fardos a su conciencia e invocar los favores de Santa Bárbara para no tropezar con borrascas en el mar. Después se fue a un garito para empinar un jarrillo de capitoso amontillado, entre coplas de romancillos que algún bardo, para ganar unas monedas, cantaba bordoneando las cuerdas de una vihuela.











