Solía sentarse en la terraza a divisar los atardeceres que se funden en las tumbas del cementerio Central de La Paz. Con los últimos rayos de sol también veía consumir la llama de su largo aliento. Aunque le faltó poco para completar el siglo de vida, tenía un solo rasgo senil –la añoranza de la aldea campesina de otros tiempos-, cuyos caminos eran de herradura y donde la gente se acostaba a las seis y media de la tarde. Todo el ámbito de la que fue su vivienda es una reminiscencia de las décadas antiguas: paredes de bahareque, vigas de madera cruda, taburetes de cuero, la mesa de pelar gallinas, el ineludible olor a establo.
-Yo nací el 11 de septiembre de 1927 –dice José Elías- una tarde de abril de 2020. Elodia Márquez fue la que me echó al mundo. Mi padre fue Narciso Rosado, de Valledupar, pero yo fui criado por mi abuela Hipólita Castilla. Me cogió de 7 meses de nacido. Ahí fue donde sentí calor de madre. Murió a los 105 años y todavía la recuerdo – ¡caramba! – con aquel amor.
De ojos negros, cabello enmarañado y facciones endurecidas, como la de los hombres acostumbrados al trabajo rudimentario. Tenía una catadura de viejo amable, de sabio solitario y pueblerino. Cándido, sereno, de impulsos atemperados. ‘Chale’, o ‘Chalía’, como también fue conocido, era de apariencia sencilla, pero sorprendía con los refranes de su singular repertorio, por su conocimiento de las cosas elementales de la vida. Guardaba silencio de forma oportuna y hablaba cuando tenía que hablar. No tenía engreimientos de ninguna clase.











