A sus 74 años, Edigar Salazar continúa viviendo el frenesí de la tradición carnavalera. De niño, ya gozaba con las ocurrencias hilarantes del viejo Luis Silvestre y Juan Ramón Gutiérrez, dos mamadores de gallo, pioneros de las parodias carnestolendas en el pueblo de La Paz. Mantenía detrás de ellos, siguiendo las pistas secretas de sus picardías, y desde entonces supo que el carnaval no era una simple repetición anual de desfiles y apariciones de seres estrafalarios, sino un estado mismo del alma, un alborozo digno de toda su devoción. –Tengo 74 años, pero he vivido más de 100 –afirma, dejando relucir esa clase de juventud que rebasa los mapas de las arrugas.
-Soy consciente de que eso se acabó. Ya yo no entro a los bailes que organizan aquí en las discotecas, porque son a oscuras y a mí me gusta es que me vean. ¿Qué voy a buscar yo allá? –Sentencia- Ya no es como antes.
Desde algún momento perdido de su infancia, Edigar fue bautizado como ‘el Chore’, apodo que, en lo posterior, habría de configurar su identidad mamagallista. Proviene de los mimos y las sílabas cariñosas que su tía Antonia Pérez le manifestaba cuando era apenas un bebé, mientras lo cargaba en sus brazos, lo agitaba a uno y a otro lado y lo colmaba de besos. Según cuenta, su tía le canturreaba y le decía ‘choreré’.











