Al fondo se dejaban oír los sonidos equívocos de un desvencijado receptor electromagnético que a esa hora estaba en sintonía con la emisora comunitaria del pueblo, que transmitía su recurrente franja musical matutina. Eran murmullos radiales que emulaban la resonancia de los viejos gramófonos del siglo XX. Parecían provenir de un lugar indefinible, debido a la parsimonia de las circunstancias y al volumen moderado del audio.
Aquella mañana soporífera de septiembre pronto se desvanecía por un sol inexpugnable que iba dando paso a las horas vespertinas. Ana, la costurera de la casa, apuraba el zurcido de varias prendas del vecindario para disponerse a elaborar el recargue metabólico del mediodía. Un ave típica, colgada en el mediano árbol de mango de la esquina posterior de la casa, acompañaba ese momento de calor pertinaz y parecía decir ‘Lucho’ con su sonido gutural.
Las flores trinitarias se daban ínfulas primaverales y eran acariciadas por una brisa aterciopelada en la víspera de la hora sexta del día. La quietud del tiempo evocaba épocas de arcadia campesina. Ese era el estado de cosas, cinco meses antes de la muerte del amigo del alcalde.











