Alguien les llevó la noticia de que había muerto su padre. Era un domingo, 15 de octubre, de 1972. Los gallos de pelea cantaban y revoloteaban en los guacales, con su jadeante sinfonía sin reposo, tal vez interrogando al cielo los enigmas del ocaso. La gente se aprestaba al terrible acontecimiento, como si abordaran las urgencias de su propio entierro.
Los nativos, habituados a la eterna mansedumbre y a la concordia, mediante un desquiciado impulso de alas rotas intentaban elevar el vuelo a un hábitat más apacible, lejos de la nostalgia infinita y de las brisas de la muerte. Ya era imposible. Un tiro en la garganta, por una eventualidad siniestra, había puesto fin a la existencia del trovador que apenas pocos días antes había meditado en sus versos:
Yo le pregunto y que me diga











