Tres velas de carabelas se avistaron en el horizonte marino aquel amanecer de octubre desde una playa de Guanahaní, la isla avizorada por Rodrigo de Triana, el marinero que trepado en el carajo de la nave capitana gritó: “Tierra a la vista”. Desde ese instante se convulsionó la historia del mundo.
En una vorágine de codicia, sangre y lujuria, se vinieron los castellanos de la conquista con caballos, armas de ruido y perros diestros en devorar indios vivos, en el afán de quemar aldeas, violar mujeres y recoger oro. Cadenas largas aprisionaban los cuellos de los cautivos con destino a Las Antillas para ser subastados como esclavos. A poco, buques llegaron con sus bodegones repujados de negros, apresados en los matorrales de África.
El Caribe, entonces, fue la caliente esquina del mundo donde en mayor suma se cumplió la metamorfosis asombrosa y violenta para fundir en una, tres venas genésicas que dieron fisonomía al nuevo hombre americano.











