De todas las escuelas colombianas de acordeón tal vez no haya una de mayor reputación y prestigio que la de Andrés ’El Turco’ Gil en Valledupar. Sus salones dispuestos en forma de U cargan hasta 200 estudiantes y en las tardes vallenatas con 40 grados a la sombra, el zumbido simultáneo de 50 o 60 acordeones amenaza la cordura de alumnos y visitantes.
La escogencia para quien toma las clases en ese ambiente es sencilla: o pegar la oreja a la parrilla y concentrarse en lo suyo o enloquecer.
Pero el esfuerzo y la concentración valen la pena, en especial porque ‘El Turco’ sabe motivar a sus estudiantes con distintos niveles de recompensa. Entre los honores que se disputan los alumnos están: apretón de mano al final de una escala, aplauso al final de una canción, foto en la pared de la oficina de atrás, foto en la pared de la oficina principal, y foto de 4×4 cm bajo el vidrio del escritorio.











