CRÓNICA

Confidencias con ‘Remo’: lágrimas, pincel y memoria 

 El taller de pintura de ‘Remo’, es un particular recinto que domina un ámbito propio.

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Confidencias con ‘Remo’: lágrimas, pincel y memoria 

Confidencias con ‘Remo’: lágrimas, pincel y memoria 

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En un cuarto de un hospital, dos lánguidos pacientes no serían más que dos forzados confidentes del infortunio, sumisos presidiarios de la continua calma y de la valiente intriga, y asistidos por ese soplo de soledad que arrastra misterios y miedo y que muere a veces en el más recóndito lugar del mobiliario triste. En esa dependencia de caridad y lejanía, con aromas de alcohol, atrasada nostalgia y droguería, solo es apacible la espera y hasta el silencio disputa con fantasmal delirio esos agónicos lechos que mansamente acarician la morgue, y esperan la muerte. 

En aquel escenario de sorda ambivalencia y quebranto, estábamos los dos. Era la habitación 501, una estancia sencilla con camas metálicas y blancas, fragantes sábanas de lástima, sus respectivas mesitas de noche, y por cuyos ventanales, como por el alma de un cirio roto, atravesaba un destello de calamidad y amarguras. A un costado, sobre la cabecera de su lecho, en ceniciento acrílico se leía el nombre de un paciente: William Restrepo Morales. 

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