Callejones del viejo Valle, tatuados de centurias. Por ellos deambularon generaciones de antes en el mundo trivial de lo aldeano, sumidas en tradiciones y mitos que dan para breves crónicas solariegas con estampas de otros tiempos de aquél Valle de Upar que se deshizo.
Escribo sobre la última década de los años cincuenta del siglo pasado, donde una muchachada que vivía en calles vecinas a los callejones, nos dábamos cita allí para retozos en juegos de la infancia.
Todos los patios que lindaban con los callejones estaban circuidos con estacas de brasil, en los cuales había portillos que daban paso a los muchachos que transitaban de predio en predio, como amos de ellos, con el tácito consentimiento de sus dueños. Estos, atentos a nuestras diabluras, poseían el don del consejo, de la reprimenda o de la acusación a nuestros mayores, según la dosimetría que aparejara la falta.











