“Padre mío, he llegado tarde para besarte Y para que con tus manos puras me bendijeras;
Ya tu paso de luz iba extinguiéndose y
Había comenzado a volver a la tierra”. Pablo Neruda.
Contrario al verso citado del gran poeta universal Pablo Neruda, quien escribió esas palabras a su madrastra -su mamadre- como llamaba a la segunda compañera de su padre, luego de la muerte de su madre biológica, yo gracias a Dios sí alcancé a llegar a una Clínica de Valledupar a saludar a mi padre en su lecho de enfermo; a desearle que se mejorara a decirle, una y cien veces, que lo amábamos y lo necesitábamos todos: su esposa, sus hijos, sus nietos y sus amigos del Cañaguate y de Valledupar.
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Me causó mucha impresión verlo allí tendido en una camilla. Un hombre que había sido tan fuerte y activo en su vida. A quien yo recordaba de niño, cuando mataba y descuartizaba un chivo en el patio de su casa, casi el solo; o capaz de atravesar el río Guatapurí nadando y con todos sus bríos, como solía hacerlo. Pero, verlo así, fue ratificar lo frágil que es la existencia humana, que puede terminar en cualquier momento, como dicen algunos filósofos estoicos. Beto, como le decían todos, partió a sus ochenta años…











