VALLEDUPAR

LA ILUSIÓN MORAL

La acción moral auténtica no proviene de la fuerza ni de la negación de la fragilidad humana, sino de la conciencia de ella.

Javier Salina García.

Javier Salina García.

canal de WhatsApp

Existe una falsa confianza, silenciosa, que se deposita en ciertas personas: la convicción de que su rectitud es producto exclusivo de su forma de pensar. Desde esa posición se construye un relato pernicioso: quien transgrede la norma lo hace porque carece de valores, porque elige mal, porque no supo educarse. 

Esta idea no es marginal. De manera constante, el sistema produce una imagen del ser humano como un sujeto plenamente racional, dueño de sí, capaz de gobernarse únicamente por la fuerza de su pensamiento. Esta imagen, heredera de un estoicismo mal digerido y reciclada por la meritocracia moderna, sostiene que basta con “pensar bien” para “actuar bien”, como si la voluntad fuera soberana y la conciencia, transparente a sí misma. 

Freud desmontó tempranamente la idea de que el ser humano se rige únicamente por lo que piensa. El yo, lejos de ser soberano, es —en sus propias palabras— “un pobre diablo” que debe mediar entre pulsiones inconscientes, exigencias morales y presiones de la realidad. El sujeto no actúa solo desde la razón, sino también desde deseos, miedos, compulsiones y conflictos que, si no se hacen conscientes, gobiernan desde la sombra. 

De esta manera, cuando ciertos candidatos se presentan como firmes, racionales y “de carácter fuerte”, sin haber interrogado su vida, no son verdaderamente libres: en realidad obedecen a fuerzas que ignoran y, lejos de encarnar una ética estoica, exhiben una profunda ceguera. Su necesidad de control y su obsesión por el orden no son signos de fortaleza, sino síntomas: defensas frente a impulsos. No gobiernan sus pasiones; las proyectan. No las reconocen; las administran mediante el poder. 

Aquí la crítica al discurso de que “la paz se impone con la fuerza de las armas” alcanza su nivel más profundo. No se trata solo de una estrategia fallida, sino de una psicología del poder. Vista así, la fuerza no emerge como un medio para resolver el conflicto, sino como un mecanismo de negación: su función es acallar aquello que el individuo y el sistema se rehúsan a reconocer en su propio interior. El enemigo externo es, en realidad, una coartada psicológica: sirve para desplazar el conflicto interno, proyectarlo hacia afuera y así evitar su reconocimiento, ese gesto inaugural sin el cual ningún conflicto puede volverse consciente ni, mucho menos, ser verdaderamente abordado.

Pero esto no implica, en modo alguno, renunciar al orden ni relativizar el respeto a las leyes. Toda comunidad necesita normas, límites y autoridad. La diferencia es fundamental: cuando el orden y el ejercicio de la fuerza surgen del ego del gobernante, el poder se personaliza y se vuelve arbitrario; cuando surgen del ejercicio de las leyes, la razón y la moral, el poder se despersonaliza y se somete a límites.

En el primer caso, la fuerza exacerba el conflicto; en el segundo, lo encauza. Por eso, el uso legítimo de la fuerza no se mide por su intensidad, sino por su capacidad de desaparecer una vez ha cumplido su función. Allí donde la fuerza necesita mostrarse constantemente, no hay autoridad sólida, sino una fragilidad que se defiende a golpes.

La verdadera ética no nace del control, sino del reconocimiento del límite. Así, la acción moral auténtica no proviene de la fuerza ni de la negación de la fragilidad humana, sino de la conciencia de ella. Solo quien acepta que puede equivocarse, que depende de otros y que no lo controla todo, puede deliberar, responsabilizarse y responder éticamente. El límite no anula la libertad: la funda. Por ello, la verdadera paz no se impone desde la fuerza de quienes creen gobernarse, sino desde un orden que haga posible que la conciencia de cada persona se desarrolle, dialogue y responda por sus actos ante los demás y ante sí misma. De resto, todo lo demás es arrogancia moral: una mezcla de ignorancia y poder que, creyéndose estoica, no es más que una necedad sofisticada.

Por Javier Salina García

Temas tratados
  • La moral
  • sociedad
  • valledupar

TE PUEDE INTERESAR