Es casi la madrugada. Afuera el frío talla los vidrios y la ventana deja un vaho fino que se condensa hacia adentro. El monitor alumbra como una vela fría. Abro un documento, agrando una página, luego otra. Busco un nombre, sí, pero en realidad persigo una respiración: el punto exacto donde una firma entra en escena.
Investigar, para mí, se parece a estar apostando en una máquina tragamonedas. Meto una moneda, tiro de la palanca y dejo que giren los rodillos. La mayoría de las veces no encuentro nada. Pero algunas, muy pocas, sí. No me mueve el premio, me mueve la posibilidad. La promesa del hallazgo. Cada clic es una apuesta mínima. Quizá aquí. Quizá ahora.
Bogotá. No yo, sino mi prima. Un martes por la tarde, en la Hemeroteca de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Le pido que vaya. Coordinamos por mensajes cortos. Me manda una foto de la escarapela, otra del guardarropa. Asciende a la hemeroteca. Describe el olor del papel, una mezcla de almidón y polvo limpio. Le dan el tomo que busco: La Patria. Es un libro encuadernado de 1880 con apariencia solemne. Es una sucesión de números donde el folletín respira con ritmo de taller. Ella coloca el teléfono, cuida el ángulo, toma series de fotos como si fueran fotogramas. Al final me dice: “Listo, te mando todo”.






