Es casi la madrugada. Afuera el frío talla los vidrios y la ventana deja un vaho fino que se condensa hacia adentro. El monitor alumbra como una vela fría. Abro un documento, agrando una página, luego otra. Busco un nombre, sí, pero en realidad persigo una respiración: el punto exacto donde una firma entra en escena.
Investigar, para mí, se parece a estar apostando en una máquina tragamonedas. Meto una moneda, tiro de la palanca y dejo que giren los rodillos. La mayoría de las veces no encuentro nada. Pero algunas, muy pocas, sí. No me mueve el premio, me mueve la posibilidad. La promesa del hallazgo. Cada clic es una apuesta mínima. Quizá aquí. Quizá ahora.
Bogotá. No yo, sino mi prima. Un martes por la tarde, en la Hemeroteca de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Le pido que vaya. Coordinamos por mensajes cortos. Me manda una foto de la escarapela, otra del guardarropa. Asciende a la hemeroteca. Describe el olor del papel, una mezcla de almidón y polvo limpio. Le dan el tomo que busco: La Patria. Es un libro encuadernado de 1880 con apariencia solemne. Es una sucesión de números donde el folletín respira con ritmo de taller. Ella coloca el teléfono, cuida el ángulo, toma series de fotos como si fueran fotogramas. Al final me dice: “Listo, te mando todo”.
En el extremo norte del continente, abro el enlace. El archivo tarda unos segundos en cargar, y ese retraso mínimo se estira como un silencio. Reviso cabeceras, fechas, sumarios, la tipografía que sube y baja de tinta. Sigo la columna y llego al pie, donde debería estar el nombre que la tradición repite. No está. Leo “Paulina” y entre corchetes una aclaración de procedencia que La Patria usa también en otras firmas. Hago zoom por puro instinto. El trazo se afirma. La autoría que vieron los lectores de entonces no decía un nombre civil. Decía Paulina. Cierro un momento los ojos. No para poetizar, sino para fijar la imagen. La primera llave.
[Llave 1 de 3] ¿Quién firmó Un asilo en la Goajira?
¿Qué dice?
Un asilo (1880) se publicó bajo la firma “Paulina [Seudónimo de una señora colombiana]”
¿Dónde está?
La Patria (Bogotá), tomo II, p. 71. Hemeroteca de la Biblioteca Luis Ángel Arango, Bogotá.
¿Para qué sirve?
Fija que la autoría pública de la novela fue un seudónimo, no el nombre civil.
Sigo tirando de la palanca. La casa en silencio, la calefacción constante, pestañas del navegador que se multiplican. Harvard, Oxford, Library of Congress, Bibliothèque Nationale de France, catálogos regionales, índices que se abren y no llevan a nada, OCR torcido, títulos mal fechados. Apunto hallazgos mínimos en un cuaderno: lapicero de tinta, fecha en la esquina. Cientos de páginas que no me sirven, pero que enseñan a leer las sombras. Nada, nada, casi algo, otra vez nada. Esa cadena de ceros es parte del método. No frustra si uno acepta la lógica del juego: nueve de cada diez tirones no pagan, pero el décimo lo hace de sobra.
Cambio de ruta y de país sin moverme del escritorio. Chile. Prensa que copia cartas, notas literarias que conversan con el vecindario. Encuentro una fecha limpia, como si hubiera esperado esta noche concreta. Primero de enero de 1878. Leo entera la transcripción de una carta de Isidoro Laverde Amaya (1852-1903), un bibliógrafo que se dedicó a rastrear periódicos, folletos y libros para armar listados donde cada firma queda unida a su persona. En una línea, sin adornos, descubro la clave: quien publica con el seudónimo de Paulina es Priscila A. de Núñez. La postura cambia sola en la silla. Se me enfría la espalda. Tomo una captura, hago otra, vuelvo a leer en voz baja para asegurarme de que no estoy proyectando lo que deseo leer. No es una reconstrucción tardía. Es de época. Nace un puente entre la firma pública y la persona civil, y nace antes de las entregas de Un asilo… Otra llave.
[Llave 2 de 3] La Estrella de Chile
¿Qué dice?
Isidoro Laverde Amaya identifica a Paulina como “Priscila A. de Núñez, natural de Santamarta; esposa de…”, y señala que publicó en El Rocío.
¿Dónde está?
Carta de Laverde en La Estrella de Chile (transcrita en El Independiente, Santiago). (Disponible en Google Books, tomo XIV, p. 995).
¿Para qué sirve?
Hace el puente de época: Paulina ↔ Priscila A. de Núñez y ubica lugar de firma.
Aquí podría dormir. No puedo. La posibilidad empuja más que el cansancio. Vuelvo a Colombia por la puerta de la notaría. Registros, instrumentos, números que a veces dicen poco y de pronto lo dicen todo. Encuentro una escritura pública en el archivo de la Notaría Cuarta de Bogotá, trece de mayo de 1890, Instrumento 781. Paso de una hoja a otra y cambia el papel. Se nota cuando insertan un documento más viejo dentro de uno nuevo. La fibra es otra, la tinta tiene más agua, el corte no coincide perfecto. Ahí está cosida una copia expedida años atrás: una partida matrimonial celebrada en Riohacha, anterior al incendio de 1867. Sobrevivió porque, ya lo sabemos, salió a tiempo.
Leo sin saltarme nada. En el primer documento inserto aparece: Priscila Aarón, casada con Agustín Núñez. La inicial deja de ser sombra. No es segundo nombre: es Aarón. Por eso, en lo civil, firma como Priscila A. de Núñez. En la misma línea están los padres: Enrique Aarón y Teodora Herrera. Paso el dedo por el margen como si pudiera tocar el aire de esa sacristía. La partida ancla la biografía en un acto civil y arma una cronología entera: matrimonio en Riohacha, 19 de febrero de 1856. Copia expedida en 1861. Inserción notarial que la hace nacer de nuevo en 1890. No necesito subrayar. Tercera y última llave.
[Llave 3 de 3] Partida de matrimonio de Priscila con Agustín
¿Qué dice?
El Instrumento 781 (13 mayo 1890, Notaría 4ª de Bogotá) inserta una copia expedida en 1861 de la partida matrimonial celebrada en Riohacha, 19 feb. 1856. Permite leer la inicial A. = Aarón y ver los apellidos completos.
¿Dónde está?
Notaría 4ª de Bogotá, Instr. 781 (13 mayo 1890), que inserta la partida de 19 feb. 1856 (Riohacha). Copia 1861.
¿Para qué sirve?
Ancla legal de identidad: confirma A. = Aarón, cierra el circuito civil del nombre y dialoga con la firma periodística.
Transcripción:
Luis Álvarez, Cura párroco de los católicos de esta Ciudad.
Certifico: Que en uno de los libros parroquiales del archivo que es a mi cargo, al folio diez i seis vuelto al diez i siete se encuentra una partida del tenor siguiente:
“En la ciudad de Riohacha a los diez i nueve dias del mes de Febrero del año del Señor de mil ochocientos cincuenta i seis, Yo el Presbítero Luis Alvarez, Cura Rector de esta Santa Iglesia, juez eclesiástico i Vicario Foreaneo de este primer canton ; Certifico que por dispensas de proclamas espedidas por el señor Precario encargado del Gobierno de la Diócesis Presbítero Doctor Jose Romero el dia doce de los corrientes casé por palabras de presente Infacie Eclesia (primera confesional sacramental) al Doctor Agustín Núñez i Priscila Aarón por lo que hicieron legitimo i verdadero sacramento, siendo los contrayentes el primero natural de Cartagena i vecino de esta hijo legitimo de Manuel Marcelino Núñez i Barbara Baena, i la segunda natural i vecina de esta ciudad hija natural de Henrique Aarón i Teodora Herrera i fueron testigos del acto los Sres Lucas Gnecco i Jose Ramon Lanao i para que contes lo firmo Luis Alvares”
La anterior partida es en un todo conforme con su original a que en caso necesario se remite i a pedimento verbal de parte interesada espedida la presente en Riohacha a diez de enero de mil ochocientos sesenta i uno.”
Vuelvo atrás, como cuando uno recorre la cancha vacía después del pitazo final para entender por dónde entraron los goles. Primera llave: la firma Paulina en La Patria, tal como la vieron los lectores. Segunda llave: la carta chilena de un contemporáneo que enlaza seudónimo y nombre civil. Tercera llave: la partida matrimonial de Riohacha, copiada antes del incendio, insertada en Bogotá, con la A que dice Aarón y los apellidos completos. El cerrojo cede.
Me permito registrar el cuerpo, porque en la historia ese temblor también es dato. No porque eleve el tono, sino porque marca el clic. Hasta ese minuto el caso era un rumor ordenado. Desde ahora tiene estructura verificable. Anoto el nombre completo sin ceremonia, como se anota una coordenada: Priscila Aarón Herrera, que firma en lo civil como Priscila A. de Núñez. Y anoto también una regla interna que me ha salvado de la ansiedad: el archivo no premia la velocidad, premia la disciplina. No hay hallazgo sin el rastro de documentos que lo precede.
Regreso a las imágenes de La Patria. Releo con el nuevo oído. La ciudad fría recibe una costa caliente. El folletín marca el pulso. La nota entre corchetes no forma parte de la firma, pero le pone origen. La misma línea suena distinta. No porque la novela cambie, sino porque detrás de Paulina ya no hay una pared ciega, sino una casa con puertas, una familia, una red de amistades, una ciudad de ida y otra de regreso.
Luego cierro el expediente notarial y me quedo mirando las puntadas que cosen la inserción. Hilo, nudo, margen. Alguien hizo ese gesto cotidiano hace más de un siglo y hoy sostiene una identidad. La cadena de custodia también tiene textura: sale la copia de la parroquia en 1861, cruza el incendio de 1867, reaparece en 1890 cosida a un expediente en Bogotá. Cambia de archivo y de cuidador, conserva fecha, contenido y valor probatorio. Una biografía cabe en esa puntada.
Podría rematar con una proclama. No lo haré. Este capítulo viene a poner tres objetos sobre la mesa, no a repartir culpas ni a dictar cátedra. La firma en la revista que vieron los lectores. La carta que enlaza seudónimo y nombre en época. La partida que salva la A. de Aarón y los apellidos. Con eso basta para abrir el cerrojo. Lo demás vendrá después, cuando el hilo nos lleve a la casa, a la red, a los traslados, a las aulas donde el libro se volvió lectura.
Apago el monitor. La casa queda en penumbra. Afuera el frío podría ser un silencio antiguo. Adentro el caso dejó de ser una adivinanza. Tiene nombre y apellido. El país tuvo acceso a la novela por décadas. Desde aquí la investigación baja del papel a la vida. Ya sabemos quién escribió y firmó como Paulina.
Por Ernesto Altahona C.







