1 junio, 2020

La lucha del periodismo vallenato después de la tragedia

La muerte de este excelente periodista fue un campanazo de alerta para todos, es decir, a partir de ese triste y trágico hecho en la región la gente tomó conciencia que había un monstruo armado operando de manera ilegal, el cual no distinguía entre buenos y malos.

Guzmán Quintero, asesinado el 16 de septiembre de 1999.

Hay acontecimientos relevantes que marcan vida, son esos que definen un antes y un después del diario acontecer. Hoy Valledupar, al igual que el mundo, vive un momento crítico por el coronavirus pero en el pasado tuvo otras épocas igual de graves. La muerte del periodista Guzmán Quintero Torres también alcanza esa connotación, tal como se explica a continuación.

El ejercicio periodístico convierte a la persona que lo realiza en un personaje público y este a su vez se torna en espejo de un gran sector  de la sociedad, por ello todo cuanto le ocurra a su vida incide en los niveles de afectación de una determinada comunidad.

El crimen, ocurrido en Valledupar el 16 de septiembre de 1999,  contra Guzmán Quintero Torres representa el inicio de una época crítica de la sociedad vallenata, porque si bien ya se sabía de la existencia de los grupos paramilitares no es menos cierto que en esos momentos todavía no se dimensionaba el verdadero alcance de su accionar, por lo menos no en esta ciudad.  

La muerte de este excelente periodista fue un campanazo de alerta para todos, es decir, a partir de ese triste y trágico hecho en la región la gente tomó conciencia que había un monstruo armado operando de manera ilegal, el cual no distinguía entre buenos y malos, donde todo aquello que representara la más mínima interferencia de sus planes era declarado objetivo militar.

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La amenaza era para todos, cualquier persona, en un abrir y cerrar de ojos podía fácilmente convertirse en blanco de las balas asesinas sin importar lo que ella representara para la sociedad o para un determinado gremio. 

Si ante ese crimen fue alto el nivel de afectación para la sociedad vallenata, resulta entonces mucho más entendible la nefasta incidencia de este hecho violento en el gremio de periodistas de Valledupar. A partir de ese doloroso acontecimiento la forma de hacer periodismo sufrió muchas modificaciones en detrimento de la totalidad de la verdad, era la vida la que estaba en juego.

Esa muerte fue una inflección histórica para el periodismo vallenato, se constituyó en el punto de quiebre para el desarrollo de esa actividad.

Aún más fuerte fue el impacto para el equipo de periodistas del diario EL PILÓN,  no se trataba solamente de la muerte de la persona que constituía Guzmán Quintero Torres, se estaba frente al asesinato de un agente activo del periodismo encaminado a ejercer control social, era la más fiel demostración de acallar la voz líder del medio de comunicación escrita más representativo de la región.

Como consecuencia de todo ello los miembros del equipo periodístico de EL PILÓN apelaron de manera forzosa a la autocensura, fenómeno que de forma indefectible trascendió a la mayoría de medios de comunicación locales, mientras que la ciudadanía vallenata, y de la región en general, por un largo periodo estuvo sumida en un mar de incertidumbre.  

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Fue una época difícil de verdad. La historía tendrá que registrar que el final de la década de los 90 y el inicio del nuevo milenio para Valledupar y el Cesar fue un periodo nefasto para los intereses colectivos, donde los mecanismos de transparencia en la ejecución del erario brillaron por su ausencia frente a la mirada indeferente de todos, incluidos los medios de comunicación.

En aquellos tiempos la anarquía fue total, en ese entonces surgieron muchos males que enriquecieron a unos cuantos en detrimento del bien común, cuyos efectos nocivos hoy todavía se sienten, tal es la contratación del Programa de Alimentación Escolar, solo para mencionar un caso.  

Nadie se atrevía a denunciar, nadie sabía nada de nada y todos sabían todo de todo pero ante la opinión pública el hermetismo era total, la clase política dirigente estuvo arrodillada frente a los grupos armados ilegales, eran estos los que decidían quiénes podían aspirar a los cargos de elección popular, ocupar puestos de libre nombramiento y contratar con el Estado.  En ocasiones hasta los fallos de los jueces eran avalados o desaprobados por los grupos armados ilegales.

Por todo ello fue necesario apagar el faro orientador de Guzmán Quintero Torres para que Valledupar y el Cesar fueran presa fácil de la ignominia. Hoy ya no está el horror de los fusiles y las motosierras, pero la impunidad y la corrupción siguen ahí y tal vez más contagiosa, más dañina y mortal que el coronavirus.

Por OSCAR MARTÍNEZ ORTIZ